Desde niño escuchaba ruidos bajo mi cama.
Arañazos.
Golpes suaves.
Como uñas largas arrastrándose por la madera.

Todos me decían que era mi imaginación.
Que eran roedores.
Que eran sueños.

Pero anoche supe la verdad.

Me desperté a las 3:03 AM porque sentí que algo tiró de mi sábana.
Pensé que había sido un espasmo del sueño…
Hasta que volvió a tirar, más fuerte, como si unas manos pequeñas quisieran destaparme.

Me quedé quieto.
El tirón se detuvo.

Entonces escuché la respiración.

No era la de una persona.
No era la de un animal.

Era una respiración quebrada, como si los pulmones estuvieran llenos de agua podrida.
Cada exhalación sonaba a burbuja reventándose.

Intenté moverme, pero mi cuerpo no respondía.
Era como si algo estuviera presionando mi pecho desde abajo, muy despacio… subiendo.

Sentí una mano—delgada, húmeda, fría—tocar mi tobillo.

No la imaginé.
La sentí claramente.

Sus dedos eran tan largos que me envolvieron el tobillo completo.
Otra mano me agarró la pantorrilla.
Y después la otra pierna.

Con una fuerza imposible, comenzó a arrastrarme hacia el borde de la cama.

No pude gritar.

Una voz salió desde el colchón, como un murmullo atrapado entre las maderas:

Te estuve esperando…
Ya creciste lo suficiente.

El colchón comenzó a hundirse a mi lado, como si algo invisible subiera lentamente, empujando desde abajo.
Sentí su cabeza, huesuda y puntiaguda, sobresaliendo.

Me aferré a la sábana, al colchón, a lo que fuera.

Pero entonces…
algo abrió la piel de mi tobillo, solo un poco, como probando, saboreando.
El dolor era helado, profundo.

Ya casi… —dijo—. Solo necesito que te duermas.

Me solté del borde.

Me arrastró unos centímetros más.

En la oscuridad, sentí sus dedos subir por mi pierna, cerca de la rodilla, como si buscara un punto exacto donde abrir más.

Ese fue el momento en que logré mover el cuerpo y saltar de la cama.

No encendí la luz.
No corrí.

Me quedé absolutamente quieto, porque escuché su voz de nuevo…
pero esta vez detrás de mí:

Si tocas el suelo, te llevo entero.

Y ahí sigo ahora.
De pie sobre mi cama, sin bajar los pies.
Esperando que vuelva a amanecer.
Porque el sonido que escucho debajo de mí…

no son ratas.

Son uñas.
Uñas largas.
Uñas que ya saben mi nombre.

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